Te amaré

Y te amaré cuando menos lo merezcas, porque de seguro será cuando más lo necesites.

Te amaré cuando escupas insultos.

Te amaré cuando llores.

Te amaré cuando “Nada” sea tu respuesta a mis “¿Qué te ocurre?”

Te amaré cuando sientas celos hacia otro de mis suspiros platónicos.

Te amaré cuando no quieras dirigirme la palabra.

Te amaré cuando desapruebes la longitud de mis piernas al descubierto bajo esa minifalda.

Te amaré cuando no me regales bombones por San Valentín.

Te amaré porque sé que me amas, y yo no soy nadie para juzgar si lo haces bien o mal.

Te amaré porque sé que me amas, aunque no lo hayas verbalizado nunca, pues no lo necesito.

Te amaré porque son tus gestos involuntarios los que evidencian que me amas, porque no puedes controlarlos como piensas las palabras antes de articularlas.

Te amaré porque el sentimiento de verdad es el que bombea esos impulsos.

Te amaré porque me amas.

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Feliz a tu lado

De acuerdo, esto no ha funcionado. Pero, increíblemente, ese es el factor que menos me preocupa. Hay alguna advertencia del destino a la que no le hemos prestado atención, enamorados, se ha paseado por nuestro universo particular, y no hemos cultivado nada más que ese sentimiento mutuo con los párpados  cerrados. No afirmo que sea malo, porque cada final implica un nuevo inicio, un nuevo respiro, una nueva emoción. Es posible que este desenlace se deba a que somos dos genios que nos anulamos el uno al otro. La preocupación por los insultos, los enfados o las horas mudas es mínima; sé que esas nubes de tormenta se las llevará el tiempo. Opuestamente, sé que voy a encogerme en mí misma sobre las sábanas al recordarte, al susurrarle a la oscuridad de la habitación “Joder, qué bien estuvimos juntos”. Eso es lo que va a permanecer, porque desde el momento en el que te di mi mano diciéndote “Quiero que formes parte de mi vida”, supe con total claridad que ibas a hacerme feliz. En un abrazo, en una hora, en un año… Tampoco me importó cuánto ni cómo, solo sabía que iba a ser feliz a tu lado.

Los caminos se bifurcan

Los caminos se bifurcan. Todo aquello por lo que nos hemos ilusionado ha concluido. Todas las falsas promesas se han hecho añicos. Noches en vela, instantes breves en los que me acogías en tu cariño, momentos de excitación por encima de todo, sentir resbalarme por el moho de las paredes de un oscuro y profundo pozo en cada ocasión en la que te hablé y no recibí respuesta alguna, sueños centrados en ti, pesadillas protagonizadas por ti, felicidad pero también miedo, una inseguridad descomunal que no se sobrepuso a la inexplicable confianza que te tengo… Hasta perder el norte, hasta ser capaz de hacer cualquier cosa por ti. Siempre ocupado, nunca tuviste más que apenas minutos para mí; minutos de hacer conmigo lo que te apetecía, como te apetecía y donde te apetecía. Aseguran que hay que quedarse con la parte buena de las cosas. Yo me quedo con el recuerdo de cuando todo empezó, de cuando nuestros secretos y nuestra intimidad latían al ritmo de nuestros cuerpos haciendo el amor. Me quedo con el temblor de manos que sufría cada una de las noches mientras, antes de salir de la habitación, aplicaba rímel a mis pestañas esperando que te fijaras en el verde de mis ojos. Fuiste mío, por instantes, pero lo fuiste. Y aún te debo las gracias por pegarme tan violentamente, por abrirme los párpados a este mundo suprimiendo los estúpidos cuentos de príncipes y princesas, por obligarme a fabricarme el más fuerte de los escudos en mi instinto de protección antes de volver a recibir ningún otro golpe estando desnuda y vulnerable. Sé que no vas a desaparecer jamás de mi vida después de haber grabado lo más íntimo de tu cuerpo en mi interior, pero ahora me siento fuerte, muy fuerte. Que los caminos se bifurquen, que no me atemoriza tener que andarlo sola, que voy a enfrentarme a todo aquel que intente hundirme. Porque ahora soy un alma guerrera.

Ángel

Ver las nubes pasar, escuchar el viento silbar entre los llantos de las hojas al desprenderse de las ramas que les han dado la vida, sintiendo alejarse de sus raíces. El frío amenaza destruyendo cada latido, excepto el de esas alas. Nada ni nadie es capaz de aniquilar una emoción tan viva, una emoción tan intensa, la que nace en mi pecho cada vez que me anclas los ojos, en cada ocasión, pues es incontrolable. Nada ni nadie puede arrebatarme tus labios, porque puedo oír tu sangre llamándome a gritos en cada paso al distanciarme de ti. Nada ni nadie tiene la fuerza necesaria para ahogarme en falsos rumores que giren a tu alrededor, y si estoy totalmente segura de ello es por la evidencia del blanco puro que tiñe tu plumaje; de la paz que me transmite tu mano sobre mi hombro; de la protección con la que me absorben tus abrazos; de esos besos que, incluso sin tenerte a mi alcance, me recuerdan tu presencia porque están grabados y en el modo repetición sin pausa alguna; de ese preciado aro dorado que enfoca e ilumina tu tez, bañando en calidez la mía. Sé que nada ni nadie podrá robarme a mi ángel porque te llevo tan adentro que tendrían que arrancarme las entrañas para lograrlo. Y en el caso que consiguieran llegar a ti, sería mi misma mano la que me presionaría las arterias hasta el límite para poder subir al cielo contigo y no perderte jamás.

No necesito nada más.

Apareces en el momento justo en el que los planetas se alinean. Quizá no vuelva a ver la luz del Sol con los eclipses, pero no me preocupa; quizá la oscuridad pretende apoderarse de las veinticuatro horas, pero no me preocupa. Tú me deslumbras, tú me proteges, tú me cuidas. Contigo a mi lado, que esos fantasmas que me acompañan cuando apago la luz se atrevan a sonreírme mostrándome sus afilados dientes. Con tus brazos a mi alrededor, las infinitas pesadillas que me atemorizan  una tras otra se van apagando; se van suspendiendo hasta quedar en polvo, un polvo que cobra de tu luz formándose una bonita estrella. Es el calor de tus latidos que me arropa tiernamente, como una plácida manta de nubes cubriéndome entera. Es la humedad de tus labios que me hidrata. Es tu aliento que me alimenta. Ya puede venir una catástrofe que acabe con todo suspiro vivo, que, si te tengo a ti, no necesito nada más.

Mi milagro.

Me abrasa su postura. Me incitan esos pétalos suaves y carnosos a fundirme en un beso que provoque un terremoto en el lado opuesto del planeta. Me confiesa su mirada que si le pido una estrella va a remover el cielo y la Tierra hasta hacerla caer para posarla en mis manos. Me dice su respiración, acelerada cuando me alejo y en plena calma cuando su cabeza reposa sobre mi pecho, que cuida el suelo por donde yo piso. “Y cuando estoy solo en la cama, no puedo parar de suspirar, pensando que te adoro, que eres mi gran tesoro”, me explica su mano en contacto constante de mi muslo. Empapada en su perfume; arropada en esos brazos que me debilitan sin remedio; jugueteando mis dedos con su pelo, comenzando por entrelazarse en los mechones que le caen sobre el rostro, recorriendo toda su cabeza, descendiendo hasta la nuca y de nuevo subiendo muy lentamente en un escalofrío que me estremece incluso a mí… Irrepetible. Yo le llamo milagro. Mi milagro. Escribo con su atractivo rostro dibujado en la mente, con la luz lunar penetrando la ventana, jurando a Dios que le amaré sin fin. Y deseo que esté escuchándome, que esté leyéndome. Le quiero, lo sé por la melancolía  que me invade los ojos en forma de lágrimas cuando no le siento cerca, le quiero demasiado.

Te miro.

Te miro. Defino y repaso tus rasgos, memorizándolos, enloqueciendo. Te miro. Ya conozco cada palmo de ti. Te miro. Tu olor invade mi espacio vital, y, sin saber por qué, escondo la velocidad que adquiere mi sangre al sentirte a esta mínima distancia. Vuelvo a mirarte, sin ningún asomo de cansancio; es más, cuanto más lo hago, más quiero hacerlo. Son muchas las veces que me contengo de apretarte contra mí soñando con besarte, prolongándonos durante horas. Te miro. Me veo a través de tus ojos, pero no como yo deseo; veo mi reflejo del mismo modo que me mira y describe el espejo. Veo mi cuerpo esculpido por la atracción, ese que tus actos involuntarios prueban que te gusta. A pesar de ello, te miro y no puedo configurar qué se enciende en tu interior. Necesito saberlo, quiero preguntártelo, pero me da miedo. Me da miedo que mis líneas te descubran que eres el destino de mis pasos. Me da miedo que te asuste sentir lo mismo. Me da miedo tu miedo, el que te paraliza cuando te miro, el que entierra el único martillo que puede romper la cadena de la cual eres prisionero. Ese. Ese es el peor de los miedos, el que nos encierra, el que nos debilita, el que nos priva de expresarnos, el que nunca va a permitir que nos amemos.

¿Te atreves a enloquecer?

¿Eres lo suficientemente fuerte para afrontar los celos y la posesión, no de uno, sino de dos hombres a la vez? ¿Puedes luchar contra esos recuerdos que te atormentan desde la infancia? ¿Superarlos junto a esa persona que padece un dolor similar, a la que amas porque es la única capaz de entenderte? ¿Te arriesgas a conocer el alma que va a cambiarte los días, la vida? ¿Tú también tienes a esa persona que es dueña de tu oxígeno? Pues aquí te presento mi primera novela, la que me ha hecho llorar, enamorarme, soñar, amar, sufrir, querer, sentir escalofríos, cuidar, pasar del más duro frío a los brazos más cálidos y acogedores… Y, ahora, quiero que tú ardas en emociones leyéndola del mismo modo en el que he vivido yo la experiencia de escribirla.

Puedes hacerte con ella en formato papel o digital en este enlace:   http://www.bubok.es/libros/247639/Bajo-La-luna

¡Mis más sinceras gracias por compartir conmigo la pasión de escribir y leer!

Pellizco de “Bajo la luna”

Lunes, 21 de noviembre, 14.00 horas

Con el bolígrafo rojo acabo de perfilar el contorno del tacón de mi zapato diseñado durante la clase de filosofía. Es eterna. No hay más. Eterna. Este es el adjetivo perfecto para los cincuenta y cinco minutos durante los cuales la profesora no se calla ni por asomo. Es agotadora. Consigue hacer dormir hasta al muchacho más hiperactivo del grupo. Contemplo exitosa mi dibujo. Me ha quedado muy bonito, ahora que lo observo con atención al mínimo detalle. Sueño bailar con un zapato así en la final de bachata. Sí, ojalá. Sería maravilloso. Pero en mi sueño falta algo. La pista de baile, los cinco jueces muy atentos, el público expectante y, en el centro, los bailarines. Silencio. Un silencio que corta la respiración. Parece que parpadean los brillos rojos cosidos trazando finas líneas en ambos trajes negros ajustados, enfocados por las potentes luces. Resaltan los zapatos femeninos, de piel, elegantes, de un color rojo intenso, tal y como los he imaginado y dibujado. Los dos cuerpos, a conjunto. Muy cerca el uno del otro. Tan cerca, que parecen fundirse en una misma palpitación, en un mismo respiro… Sin embargo, donde debería haber un rostro masculino, no lo hay. Únicamente una mancha oscura.