No necesito nada más.

Apareces en el momento justo en el que los planetas se alinean. Quizá no vuelva a ver la luz del Sol con los eclipses, pero no me preocupa; quizá la oscuridad pretende apoderarse de las veinticuatro horas, pero no me preocupa. Tú me deslumbras, tú me proteges, tú me cuidas. Contigo a mi lado, que esos fantasmas que me acompañan cuando apago la luz se atrevan a sonreírme mostrándome sus afilados dientes. Con tus brazos a mi alrededor, las infinitas pesadillas que me atemorizan  una tras otra se van apagando; se van suspendiendo hasta quedar en polvo, un polvo que cobra de tu luz formándose una bonita estrella. Es el calor de tus latidos que me arropa tiernamente, como una plácida manta de nubes cubriéndome entera. Es la humedad de tus labios que me hidrata. Es tu aliento que me alimenta. Ya puede venir una catástrofe que acabe con todo suspiro vivo, que, si te tengo a ti, no necesito nada más.

Anuncios

Mi milagro.

Me abrasa su postura. Me incitan esos pétalos suaves y carnosos a fundirme en un beso que provoque un terremoto en el lado opuesto del planeta. Me confiesa su mirada que si le pido una estrella va a remover el cielo y la Tierra hasta hacerla caer para posarla en mis manos. Me dice su respiración, acelerada cuando me alejo y en plena calma cuando su cabeza reposa sobre mi pecho, que cuida el suelo por donde yo piso. “Y cuando estoy solo en la cama, no puedo parar de suspirar, pensando que te adoro, que eres mi gran tesoro”, me explica su mano en contacto constante de mi muslo. Empapada en su perfume; arropada en esos brazos que me debilitan sin remedio; jugueteando mis dedos con su pelo, comenzando por entrelazarse en los mechones que le caen sobre el rostro, recorriendo toda su cabeza, descendiendo hasta la nuca y de nuevo subiendo muy lentamente en un escalofrío que me estremece incluso a mí… Irrepetible. Yo le llamo milagro. Mi milagro. Escribo con su atractivo rostro dibujado en la mente, con la luz lunar penetrando la ventana, jurando a Dios que le amaré sin fin. Y deseo que esté escuchándome, que esté leyéndome. Le quiero, lo sé por la melancolía  que me invade los ojos en forma de lágrimas cuando no le siento cerca, le quiero demasiado.

Te miro.

Te miro. Defino y repaso tus rasgos, memorizándolos, enloqueciendo. Te miro. Ya conozco cada palmo de ti. Te miro. Tu olor invade mi espacio vital, y, sin saber por qué, escondo la velocidad que adquiere mi sangre al sentirte a esta mínima distancia. Vuelvo a mirarte, sin ningún asomo de cansancio; es más, cuanto más lo hago, más quiero hacerlo. Son muchas las veces que me contengo de apretarte contra mí soñando con besarte, prolongándonos durante horas. Te miro. Me veo a través de tus ojos, pero no como yo deseo; veo mi reflejo del mismo modo que me mira y describe el espejo. Veo mi cuerpo esculpido por la atracción, ese que tus actos involuntarios prueban que te gusta. A pesar de ello, te miro y no puedo configurar qué se enciende en tu interior. Necesito saberlo, quiero preguntártelo, pero me da miedo. Me da miedo que mis líneas te descubran que eres el destino de mis pasos. Me da miedo que te asuste sentir lo mismo. Me da miedo tu miedo, el que te paraliza cuando te miro, el que entierra el único martillo que puede romper la cadena de la cual eres prisionero. Ese. Ese es el peor de los miedos, el que nos encierra, el que nos debilita, el que nos priva de expresarnos, el que nunca va a permitir que nos amemos.

¿Te atreves a enloquecer?

¿Eres lo suficientemente fuerte para afrontar los celos y la posesión, no de uno, sino de dos hombres a la vez? ¿Puedes luchar contra esos recuerdos que te atormentan desde la infancia? ¿Superarlos junto a esa persona que padece un dolor similar, a la que amas porque es la única capaz de entenderte? ¿Te arriesgas a conocer el alma que va a cambiarte los días, la vida? ¿Tú también tienes a esa persona que es dueña de tu oxígeno? Pues aquí te presento mi primera novela, la que me ha hecho llorar, enamorarme, soñar, amar, sufrir, querer, sentir escalofríos, cuidar, pasar del más duro frío a los brazos más cálidos y acogedores… Y, ahora, quiero que tú ardas en emociones leyéndola del mismo modo en el que he vivido yo la experiencia de escribirla.

Puedes hacerte con ella en formato papel o digital en este enlace:   http://www.bubok.es/libros/247639/Bajo-La-luna

¡Mis más sinceras gracias por compartir conmigo la pasión de escribir y leer!

Pellizco de “Bajo la luna”

Lunes, 21 de noviembre, 14.00 horas

Con el bolígrafo rojo acabo de perfilar el contorno del tacón de mi zapato diseñado durante la clase de filosofía. Es eterna. No hay más. Eterna. Este es el adjetivo perfecto para los cincuenta y cinco minutos durante los cuales la profesora no se calla ni por asomo. Es agotadora. Consigue hacer dormir hasta al muchacho más hiperactivo del grupo. Contemplo exitosa mi dibujo. Me ha quedado muy bonito, ahora que lo observo con atención al mínimo detalle. Sueño bailar con un zapato así en la final de bachata. Sí, ojalá. Sería maravilloso. Pero en mi sueño falta algo. La pista de baile, los cinco jueces muy atentos, el público expectante y, en el centro, los bailarines. Silencio. Un silencio que corta la respiración. Parece que parpadean los brillos rojos cosidos trazando finas líneas en ambos trajes negros ajustados, enfocados por las potentes luces. Resaltan los zapatos femeninos, de piel, elegantes, de un color rojo intenso, tal y como los he imaginado y dibujado. Los dos cuerpos, a conjunto. Muy cerca el uno del otro. Tan cerca, que parecen fundirse en una misma palpitación, en un mismo respiro… Sin embargo, donde debería haber un rostro masculino, no lo hay. Únicamente una mancha oscura.