No pienso irme.

– No pienso irme. – Por mis ovarios, que no va a conseguirlo, no va a intimidarme, no va a hacerme sentir diminuta.

– No quiero que lo hagas.

¿Qué? No entiendo nada. Me encojo en un intento de esconder la poca piel que me cubre el biquini. Noto cómo empalidezco, seguido de los nervios aflorándome en lo oscuro del estómago. Le observo mojado, despeinado. Analizo cada milímetro de su expresión egoísta. Las gotas se deslizan por su barba, cayéndole sobre los definidos pectorales decorados con decenas de tatuajes. Mantiene esa respiración firme, sin prisa alguna, profunda, inexplicablemente silenciosa y sonora, esa capaz de acabar con la mía.

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¿Estoy perdiendo la cabeza por él?

Subí otra vez a la cima, a mi cima, a mi escondite. Subí a ese lugar, el único que me calma cuando no pueden hacerlo sus brazos ni sus besos en la cabeza. Ese sitio mágico en el mundo, ese que me produce una emoción de libertad brutal, al que he acudido siempre que he sentido la necesidad de pensar, de gritar, de cantar o de llorar. Hipnotizada, creí oír unas palabras susurradas por el viento: “Ya me enteré que hay alguien nuevo acariciando su piel, alguien a quien quiere convencer que sois pasado. No te ha olvidado, pero las míseras cenizas de ese rojo fuego que te confundió, que te hizo perder la consciencia, que te cegó, son ahora arrastradas por otra alma. Así que olvídate de ese perdedor, repítele que hay alguien mejor, alguien que ocupa el lugar que él no te puede llenar,  alguien capaz de amar y apaciguar el hervor que te hace temblar al rememorar su cuerpo sobre el tuyo.” “¿Qué?”, me pregunté sin la intención que fuera en semejante exceso de decibelios. Comprobé ansiosa que no había nadie a ambos lados, nadie a metros de distancia… Sola, estaba sola. El paisaje volvió a envolverme en su belleza, poniéndome los pelos de punta. Miré de nuevo a la lejanía, donde el mar asoma. Tuve que cerrar los ojos y respirar muy profundamente. “¿Estoy perdiendo la cabeza por él?”