Mi terapia: escribir

¿Has experimentado alguna vez la sensación de sentirte fuera de lugar? Esos días en los que las horas transcurren tan lentamente, vacías, sin sentido. El reloj sigue avanzando… Un ruido mudo y permanente se instala en tu mente… No obtienes noticias de nada que te importe. Ni siquiera la alegría de tu mejor amigo no puede sacarte del agujero en el que está sumido tu ser… Son esos días en los que tus progenitores te miran, de vez en cuando, tampoco en exceso de frecuencia, utilizando esa expresión medio preocupada. Les devuelves la mirada, sí, pero no tienen la más mínima idea de lo que te corroe interiormente. Ni ellos ni nadie son capaces de conocerte, de descifrar tus emociones. “No te lo quedes dentro.”, te dicen. Pero no es tan fácil cuando sabes que no van a entenderte, que van a excluirte por pensar diferente al resto, diferente al camino que todos siguen, “el que se debe seguir”, “el camino correcto”. Es entonces cuando el miedo a estar perdido, mientras el mundo a tu alrededor no se detiene, te consume. Del mismo modo que un animal asustado, buscas un escondite, tu escondite. Y es realmente preciado para ti, pues es el único lugar del planeta en el que te apetece estar, donde encuentras tu silencio, tu tiempo, tu soledad, tu paz.

Mi paz ha sido escribir. Tomar mi ordenador, crear una historia y vivirla como si de mí misma se tratara. Así, empecé a sentir que mis días se llenaban, que estaba haciendo algo útil con mi vida. Narrar me ayudó a alejarme de las preocupaciones, fue lo único que pudo hacerme nacer una ilusión indescriptiblemente increíble en el momento que más lo necesitaba. Escribir fue mi luz, la mano que me sostuvo en el borde para evitar que me encadenara en ese vacío. La idea me apareció en la cabeza como un destello al que no presté atención alguna. Una locura, algo lejano, una de esas cosas de las que piensas “Algún día lo haré.”. Transcurrieron unos días más durante los que me di cuenta que inconscientemente, por las noches, antes de dormirme, se me estaba llenando la cabeza de personajes, de relaciones entre estos, de sus posibles problemas, de cada una de sus caracterizaciones… En definitiva, de mi fantasía, de esa ficción, de ese sueño. Del sueño que un año después se ha hecho real, palpable, en forma de novela romántica. Y si se ha hecho real, ha sido por haberme decidido a empezarlo, a llevarlo a cabo; por haber cambiado el pensamiento, por haberme dicho a mí misma “¿Y por qué no dedicar mi tiempo a aquello que me hace feliz?” Así que no lo dudes: Dios te ha concedido el bonito privilegio de vivir para que puedas afirmar, en primera persona y por propia experiencia, que los sueños pueden empezar a latir en el momento en el que decidas darles el primer soplo de oxígeno.